Te tenías que levantar a las 6am y después de cruzar la ciudad medio dormido llegabas al infame “meeting point”, ese punto de partida donde salen todos los autobuses de Nairobi. Ahi comenzaban a aparecer los acompañantes de viaje, con caras entre acojonadas y estupefactas, probablemente preguntandose por qué diablos no habrían cogido el avión. Yo también me lo preguntaba, pero eramos estudiantes y no teníamos un duro, era eso o nada.
Conforme te acercabas a Accra Road, la ciudad parecía retroceder en el tiempo. Lo que era una metropolis puntera en África, iba pegando un vuelco de 180 grados y se convertía en una auténtica burbuja de miseria. Al final del camino, entre edificios que se caian de mierda y calles llenas de basura, se podía apreciar una mezcla de colores chillones que poco a poco iba tomando forma de autobus.
Ahi estaba, observando todo y a todos minuciosamente mientras entraba en una oficina donde todo mundo me miraba con la misma curiosidad y sorpresa. A través de una vieja ventanilla de madera, asomaba una mujer mayor, me observaba perpleja mientras lentamente escribía los nombres en los billetes. Afuera esperaban Peter y Jeshe con las maletas.
Peter apuraba su cigarrillo y al salir de la oficina, tardamos treinta segundos en subir al autobus y acomodarnos en la parte de atrás. Nos mirabamos unos a otros deseando que arrancase ya.
Una hora mas tarde de lo previsto y con el segundo conductor dormido sobre un trozo de cartón debajo de un asiento, por fin conseguimos arrancar con destino a Mombasa. Eran las 9am y comenzabamos un recorrido de 600 kilometros con la idea de llegar a la playa a la hora de comer.
El camino matinal se hizo muy ameno, una vez fuera de Nairobi se comenzaban a ver arboles de acacía y enorme baobabs a los lados de la carretera, de vez en cuando también alguna cebra despistada. Peter escuchaba su iPod mientras Jeshe dormía y yo miraba por la ventana. Corría un aire mañanero fresco realmente agradable y, entre el madrugón, el silencio y la monotonía del camino comencé a quedarme dormido.
Me apoyé sobre la ventana del bus y al cabo de unas horas comencé a sentir unas vibraciones que cada vez subían con mayor intensidad por mi cabeza. Al abrir los ojos, había desaparecido la carretera en la que ibamos. Nos encontrabamos en un camino de terracería que se asemejaba mas a un paraje lunar que a una autovía. El calor comenzaba a apretar y la humedad del ambiente se daba a conocer; el aire acondicionado del autobus iba averiado, menos mal que ibamos en uno de primera clase.
Sobre las 15 horas comenzamos a desesperarnos, el camino se hacía interminable y cada vez hacía mas calor, estaba claro que no ibamos a llegar a la hora de comer. Peter y Jeshe, como buenos hermanos, no paraban de pelearse y yo me limitaba a reirme de la situación.
Después de unos minutos el autobus hizo su primer parada. El segundo chofer, que inexplicablemente seguía dormido debajo de aquel asiento, por fin dió señales de vida y abrió las puertas del autobus. Nos bajamos en lo que parecía una estación de servicio en medio de la nada. Mientras Jeshe y yo comprabamos agua y enseres que tuviesen pinta de haber pasado algun control sanitario, Peter se dirigió al baño en contra de nuestro consejo de elegir un matorral.
Jamás podré explicar la cara con la que Peter volvió del servicio. No me quiero imaginar lo que vería dentro. Nunca se lo preguntamos y tampoco nos lo contó; de todas las formas, se lo habíamos advertido. Después de comer algunos bocadillos que llevabamos preparados nos montamos de vuelta en el autobus dispuestos a sobrevivir lo mejor posible al segundo round.
Empezaba a caer la tarde, bajaba el calor y los mosquitos empezaban a rebolotear. Quien iba a imaginar que un viaje que había empezado tan comodo y tranquilo se iba tornar en semejante infiernillo. Comenzabamos a acercarnos a la costa y al pasar despació por los agujereados caminos de los pueblos, se formaban en torno al autobus muchedumbres de lugareños intentando vender todo tipo de objetos y alimentos a través de las ventanas. Cuando el bus conseguía salir de entre la masa de gente, los niños corrían sonrientes detrás de el, mientras agitaban las manos al aire gritando, “Kwaheri”.
Un par de horas mas tarde por fin llegabamos a Mombasa. Eran las 21 horas y tras doce horas de viaje nos encontrabamos en una situcación similar a la del principio, solo que esta vez de noche, cansados y a la caza de un taxista que no intentase timarnos y que pudiese llevarnos a la playa de Diani.
Nos montamos finalmente en el primer taxi que nos dió un precio medianamente descente. Parecía que nos quedaba otra hora de camino hasta la playa donde habíamos alquilado la casa, ya nos daba igual, todo lo que queríamos era llegar.
Se comenzaba a notar ese aroma a brisa marina, entraba el aire fresco por la ventana del taxi y fuera no se podía ver nada. Estaba oscuro y parecía que nos internabamos mas y mas en una especie de selva, aquello no se parecía en nada a ninguna playa que hubiese visto antes. No se veían hoteles, ni discotecas, solamente arboles y palmeras que parecían interminables. Me preguntaba donde estaría el mar.
Al llegar a la casa caimos absolutamente rendidos. Intentábamos asomarnos por las ventanas en busca de alguien, pero no había movimiento. Todo lo que se podía sentir era una profunda soledad en medio de un oscura noche y un gran silencio solo interrumpido por el lejano sonido de las olas.
Al día siguiente, esto fue lo que vimos al despertar.
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